jueves, 25 de octubre de 2012

El miedo atávico y las raíces metafísicas del mal.


Uno se convierte en lo que teme

La ponerología política es una disciplina social que estudia la naturaleza maliciosa ajustada a propósitos políticos, una ponencia que tiene que ver con la influencia perversa de la razón humana sobre la sociedad.

Si bien la palabra ponerología tiene una acepción teológica, puede darse por sentado su validez clínica como concepto psicopatológico. Literalmente la ponerología es el estudio del mal, del griego ´poneros´ o mal.

La Ponerología describe el génesis, existencia y extensión de la enfermedad macrosocial llamada maldad. Sus causas son rastreables y pueden ser repetidamente observadas y analizadas.

Los fenómenos macrosociales del mal están sujetos a las mismas leyes naturales que operan en los seres humanos tanto a nivel individual cuanto grupal. El rol de personas con defectos psicológicos variados y con anomalías de un bajo nivel clínico parecen ser una característica perenne de tales fenómenos.

En la Patocracia, o expresión macrosocial en el cual prolifera la maldad, hay una anomalía hereditaria a la que se aísla como psicopatía de base, que es esencialmente catalítica en la causa de la génesis y la supervivencia de tal Estado. Procesos patocráticos han tenido una profunda influencia histórica sobre la sociedad en general debido al hecho que muchos individuos con personalidades deformadas han efectuado roles asombrosos en la formación de construcciones sociales.

El tipo de conciencia es una seria división humana, y puede decirse que es más importante que el género, la raza o la inteligencia. Puesto que se asume que la conciencia moral es universal entre los seres humanos, ocultar el hecho que alguien tiene otra clase de conciencia no necesita casi ningún esfuerzo de su parte. En otras palabras, ese alguien está libre de restricciones internas, en uso de una libertad desenfrenada para hacer lo que le apetezca, sin remordimientos e invisible al resto del mundo.

Los términos ´sociópata´ o ´psicópata´ a menudo traen a la mente imágenes de individuos sádicamente violentos, pero los rasgos característicos que definen a los sociópatas cubren un espectro mucho más amplio de individuos de lo que se pueda imaginar. El mal es de naturaleza similar y más elusivo para el entendimiento que la enfermedad. 

El sociópata es ese individuo verdaderamente absorbido en sí mismo, sin conciencia ni sentimiento alguno hacia los demás y para quién las reglas sociales no tienen cualquier significado. Son individuos amorales, depredadores irrefrenables en quienes la acción psicopática es planeada, decidida y carente de emociones, que alcanza un estado disociado de audacia y desprendimiento motivados por la dominación y el control.

La psicopatía criminal designa bajo el nombre de desorden antisocial de la personalidad o desorden psicopático de la personalidad, a un extremo de las dimensiones de la psique  ´normal´, y fuera de ser una categoría clínica artificial en realidad es un rasgo neural de la nueva clase de persona producida por la presiones evolutivas en las sociedades humanas.

Su narcisismo latente, la falta de temor o hipótesis del poco miedo es la característica prototípica de base, que tiende a operar bajo una conducta grandilocuente de mentira verosímil, una actitud pretenciosa y voraz con tendencia al sadismo, y al mismo tiempo mantener una vida oculta como ´verdaderas máquinas de supervivencia´ muy eficientes que se pasan causando un inmenso daño a sus allegados.

Ciertos desórdenes orgánicos del cerebro y desequilibrios hormonales imitan el estado de ánimo de un psicópata. Todos poseen tres características en común: son individuos muy egocéntricos, sin empatía hacia los demás e incapaces de sentir remordimiento o culpa. Su placer al causar la desgracia a los otros es insaciable. Utilizan a la gente como medio para alcanzar un fin; esta última debe ser subordinada y degradada de modo tal que sus actos puedan justificarse mediante una manipulación que influya en los sentimientos.

Maestros en falsificar emociones, la mentira, el engaño y la manipulación son talentos naturales en los psicópatas. Cuando son descubiertos en alguna mentira o desafiados con la verdad, rara vez quedan perplejos o desconcertados, solo cambian sus historias o procuran remodelar los hechos de modo que parezcan constantes con respecto a la mentira. El resultado es una serie de declaraciones contradictorias y un interlocutor muy confundido.

Al psicópata lo mueve la codicia y una egocéntrica voluntad de poder. Distrae e impresiona principalmente por su propia representación ostentosa de sí mismo, de una asombrosa memoria selectiva que sirve para satisfacer sus propósitos y de un talento innato para mantener las apariencias. Buscan el poder a través del dinero y de los bienes materiales, manipulando y tratando a las personas como objetos a fin de obtener así la retribución de la sociedad, con una notoria incapacidad para concebir la idea abstracta del futuro.

La psicopatía es también un estilo de la personalidad presente entre criminales y en personas de éxito social. Lo que queda claro es que la psicopatía ha convergido en un prototipo que implica una combinación de características interpersonales dominantes y frías, que parecen coincidir poco con los trastornos de la personalidad, excepto por los Trastornos de la Personalidad Antisocial, aunque resta entender qué factores diferencian al psicópata constante del psicópata que infringe la ley.

El ´argumento legal´ parece estar en los cimientos de la  sociedad, lo que equivale ni más ni menos que al arte de la estafa: quien sea más hábil en el uso de la estructura para convencer de algo a un grupo de personas, es a quien se le cree. Puesto que este sistema de ´argumento legal´ ha sido establecido lentamente como parte de la cultura mundo, cuando invade las vidas personales, por lo general no se lo reconoce de inmediato.

La suposición básica que la verdad se encuentra en el testimonio de dos partes involucradas en un hecho argumental, siempre se torna en ventaja hacia el que miente y en contra del que dice la verdad. Bajo la mayoría de las circunstancias esta desviación sumada al hecho que la verdad también va a ser deformada de tal manera a perjudicar a la persona inocente, resulta en que la ventaja siempre queda en manos de psicópatas.

La psicopatía es un trastorno psicológico caracterizado por la escisión entre razón y emoción, un tipo de pensamiento pragmático matizado e indiferente a las consecuencias de sus actos, que no repara en los medios utilizados para alcanzar objetivos por reprochables, violentos o perjudiciales que sean, ya que el psicópata carece de empatía, aquel no ponerse en el lugar de los demás, que no admite sentimientos en las otras personas e incluso desprecia los pensamientos, opiniones y actos de éstas.

La patocracia en cambio es una enfermedad psicopatológica de grandes movimientos sociales seguida por sociedades enteras, naciones e imperios, que históricamente afecta por igual a movimientos ideológicos, políticos y religiosos hasta convertirlos en caricaturas de ellos mismos. Esto ocurre por la participación de agentes enfermantes en un proceso patodinámico.

Las acciones de la patocracia se inician por los líderes hasta afectar todos los aspectos de la sociedad: pueblo, negocios e instituciones. La estructura social patológica se infiltra gradualmente en el país creando una nueva clase privilegiada dentro de la nación, los patócratas, cuyo rasgo común es el de sentirse en permanente amenaza por la gente.

Psicopatía y Ponerología son conceptos importantes que explican el sistemático comportamiento malicioso de personas que en posiciones de poder actúan como si fuesen una raza superior, y quienes racionalizan la existencia de esa perversión debido a una extrema codicia acentuada por mutuos intereses competitivos de exclusividad.

No se trata del mal como una cuestión moral, sino de su compresión y análisis científico. Resulta en el reconocimiento de esta realidad y la comprensión de los efectos perjudiciales derivados de la combinación de la ponerogénesis psicopática, la propagación de las patocracias a través de la historia, la indiferencia social y la tendencia de la gente a someterse a la autoridad.

´El experimento social llevado a cabo en China bajo el mandato del presidente Mao es uno de los más importantes de la historia de la humanidad´. David Rockefeller.

 Clínicamente la patocracia es el sistema de gobierno dominado por una minoría de psicópatas que se hace con el control efectivo de una sociedad. Los objetivos engañosos y predatorios de la patocracia acaban por dominar, alienar y manipular a la mayoría de la gente, conduciéndola a comportamientos  relacionados y a la perpetuación de la disfunción institucional sociopática, o psicopatía adquirida, que infiltra insidiosamente el espíritu de la época hasta hacerse tolerable.

Hoy en día engañar y mentir parecen ser comportamientos cada vez más prevalecientes y aceptados, incluso vistos como virtudes. En una sociedad competitiva como la capitalista la psicopatía se adapta bien y es probable que se incremente. Hay individuos que parecen tener un genotipo que los dispone a la psicopatía con diferencias individuales dependientes de la frecuencia, genéticamente basadas en estrategias de vida y empleo. Pero los psicópatas siempre aparecen en todas partes, no importa cuáles sean las condiciones socio-culturales.

El sistema democrático prevaleciente en la civilización occidental es adoptivo a la psicopatía porque resulta un requerimiento para sobrevivir en esta clase de Sociedades Competitivas Capitalistas.

Mientras una sociedad se hace más grande y competitiva, los individuos y las personas se vuelven más anónimos y más sociópatas. La segregación y la estratificación social conducen a sentimientos de inferioridad, pesimismo y depresión entre las carencias, que promueven el uso de estrategias vivenciales de engaño que hacen el medio ambiente más adaptativo para la psicopatía en general, empujados a un peligroso precipicio mental.

La competencia incrementa el uso de estrategias antisociales y pueden contrarrestar comportamientos más sociables. En una sociedad así las circunstancias ambientales hacen rentable la psicopatía. Altos niveles de competitividad están asociados con mayores índices de criminalidad. En una sociedad patocrática las circunstancias del medio ambiente hacen que una estrategia de vida antisocial sea más redituable que una más sociable.

Se teoriza que las élite de la riqueza busca controlar el mundo entero desde atrás de la escena y es para este fin que planean y financian acciones que aparecen ante las masas humanas como ´accidentes´ políticos internacionales. Los modelos matemáticos demuestran que el egoísmo es siempre la estrategia más redituable para unidades que se reproducen, como es el caso de la Sociedad Capitalista de Mercado. En general, la capacidad de engañar, competir y mentir ha probado ser una adaptación estupendamente exitosa. Por ende es posible que las condiciones de la sociedad, incluyendo la respuesta programada a la mínima señal de autoridad, sean planeadas.


La causa más importante del mal está en ignorar la interacción de la existencia de un pequeño pero extremadamente activo grupo estadístico -del 4 al 8 por ciento de la población general- de individuos psicológicamente desviados, lo que crea una abertura donde tales sujetos pueden actuar desapercibidos.

Mientras más grande sea el alcance de la influencia del psicópata mayor daño hace. Así, cualquier grupo de seres humanos puede ser infectado o ´ponerizado´ por su influencia, algo que va desde familias, clubes, iglesias o corporaciones hasta naciones enteras. La forma más extrema de este mal macrosocial se denomina ´patocracia´.

En cualquier sociedad los individuos psicopáticos y algunos otros tipos de desviados pueden formar una red activa ponerológica de convivencia común, parcialmente extraña a la comunidad de personas normales. Tales asociaciones frecuentemente aspiran al poder político para imponer su legislación sobre las sociedades, en nombre de una ideología convenientemente preparada, sacando ventajas en forma de una prosperidad desproporcionada y la satisfacción de su anhelo de superioridad.

Los grupos ponerogénicos son aquellos con un número estadísticamente alto de individuos patológicos, hasta el punto en que el grupo como un todo practica una conducta patológica. Estas personas actúan como líderes y hechizadores ideológicos, y mientras que la gente normal pudiera actuar como miembros, ellos típicamente ya han acumulado varias deficiencias psicológicas. Aquellos que no son susceptibles a tales influencias son excluidos del grupo. Estos grupos pueden sea infiltrarse en gobiernos existentes, o ejercer su influencia detrás del telón de las apariencias.

Soborno, chantaje, asesinato y actos de terror son utilizados para alcanzar estos fines similares. La máscara ideológica del grupo indica metas que están a menudo en desacuerdo con su verdadera naturaleza. Literatura colorida y valores humanitarios a menudo encubren sus verdaderas motivaciones.

Resulta esperado y normal en la vida de cualquier grupo y ser humano experimentar declinaciones, fallas y crisis en la resistencia psicológica y/o fisiológica, siendo un hecho que tienen en común todas las asociaciones y grupos ponerogénicos que sus miembros pierdan la capacidad de percibir a los integrantes patológicos como tales, interpretando su conducta en modos heroicos, fascinantes o melodramáticos.

Cuando un grupo ha sucumbido a la influencia patológica de sus miembros, pierde pronto la habilidad para distinguir la conducta humana normal de la patológica. Esta atrofia de facultades críticas con relación a dichos individuos se vuelve un apertura para sus actividades.

Gobiernos, ideologías y religiones son organismos sociales ampliados fundados por personas cuya carencia de conciencia sobre realidades psicológicas específicas y otras fallas morales, los dejan desprotegidos o abiertos a una ponerizacióm encubierta y la subsecuente toma de posición por sujetos sin conciencia.

Después de una eventual toma de posesión del control desde adentro por elementos psicopáticos, el grupo ponerogénico es protegido por una máscara de valores efectivamente disfrazada de sanidad. Y cuando gobiernan el egoísmo y el egocentrismo, la sensación de lazos sociales y responsabilidad hacia los otros desaparece, y la sociedad en cuestión se divide en grupos cada vez más hostiles unos con otros. Esta fase histeroide es a menudo seguida por un período de guerra, revolución, genocidio y la caída de imperios: la patocracia.


Los psicópatas existen en todo el mundo. Gente falta de espíritu crítico, frustrada y abusada también existe en todas partes y se la puede alcanzar con una propaganda elaborada adecuadamente. El futuro de una nación depende en gran parte de cuánta gente de ese tipo contenga. La destrucción biológica, psicológica, moral y económica de la mayoría de personas normales es una necesidad esencial de los patócratas.

Siempre que una nación experimenta una ´crisis del sistema´ o una hiperactividad interna de procesos ponerogénicos, se convierte en el objeto de una penetración patocrática cuyo propósito es el de servir de botín a un país. Luego será fácil aprovecharse de su fragilidad interna y de movimientos revolucionarios con el fin de imponer un gobierno sobre las bases de un uso limitado de la fuerza para una imposición forzosa de tal sistema, y el curso de la patologización de la vida se torna diferente; tal patocracia será menos estable al depender de la fuerza externa para su existencia misma.

La fuerza bruta debe primero reprimir la resistencia de una nación, desechar a la gente con habilidades militares o de liderazgo, y silenciar a cualquiera que apele a los valores morales y a principios legales. Los nuevos principios nunca son anunciados explícitamente. La gente debe aprender una nueva ley que no ha sido escrita, vía experiencias dolorosas. La influencia abrumadora de este aparataje deformado de conceptos finaliza la tarea.

Esto es seguido por un choque que parece tan trágico como aterrador. Algunas personas de cada grupo social, ya sean gente común abusada, oficiales, aristócratas, hombres de letras, estudiantes, científicos, curas, ateos o cualquiera que sea, comienzan a cambiar de repente su personalidad y visión del mundo. Creyentes decentes y patriotas de ayer, exponen ahora la nueva ideología y se comportan despectivamente con cualquiera que todavía adhiera a los viejos valores. Sólo más tarde se torna evidente que este proceso ostensible parecido a una avalancha tiene sus límites naturales.

La ley provee un sostén insuficiente para contrarrestar un fenómeno cuyo carácter está fuera de las posibilidades de la imaginación de los legisladores. La patocracia sabe cómo aprovecharse de la fragilidad de tal manera legalista de pensar.

El expansionismo deriva de la naturaleza misma de la patocracia, y no de una ideología, pero este hecho debe ser disfrazado de una ideología que lo justifique.

Como ha sido ocurrido a través de la historia, el poder militar es por supuesto el medio más importante para alcanzar esos fines. A lo largo de los siglos, en todo momento en que la historia registró la aparición del fenómeno patocrático, también se volvieron aparentes las medidas específicas de influencia, algo del orden de la inteligencia específica al servicio de la intriga internacional facilitando la conquista.

Cualquier guerra librada por una nación patocrática tiene dos frentes, el interno y el externo. El interno es más importante para la elite gobernante, porque la amenaza interna es el factor decisivo cuando se trata de desatar una guerra. Cuando se considere comenzar una guerra contra un país patocrático, se debe entonces tomar primero en consideración el hecho que el país atacante pueda ser utilizado como el verdugo de gente común cuyo poder opositor representa un peligro incipiente para la patocracia atacada.

Sin embargo la patocracia siempre tiene otras razones internas para perseguir el expansionismo a través de todos los medios posibles. Mientras tanto exista ese ´otro´ mundo gobernado por los sistemas de gente normal, los esfuerzos de la mayoría interna no patológica irán en dirección opuesta. Esa mayoría no patológica de la población del país nunca dejará de luchar por la restitución del sistema original de cualquier manera en que ésta sea posible.


En media un 6% de la población constituye la estructura activa de la patocracia, que transporta la conciencia peculiar de sus propios objetivos inconfesables. El doble de gente, un 12% en media, constituye un segundo grupo, el de aquellos que han logrado deformar sus personalidades para cumplir con las exigencias de esta nueva realidad.

Este segundo grupo consiste en individuos que son más débiles, enfermizos y menos vitales, con una frecuencia de enfermedades mentales conocidas en promedio dos veces mayor a la habitual. Puede asumirse que la génesis de su actitud sumisa para con el régimen, su gran susceptibilidad a los efectos patológicos y su oportunismo nervioso incluyen diversas anomalías relativamente impalpables.

Por lo tanto, un quinto o hasta el 20% de la población de un país estará a favor del sistema de gobierno anómalo, que distingue y separa a los de su propia clase sin importar dudas esporádicas. Ningún método de propaganda puede cambiar la naturaleza de este fenómeno macro-social o la naturaleza del ser humano. Seguirán siendo extraños los unos a los otros para siempre.

Una de las diferencias observadas entre la persona normalmente resistente y alguien que ha sufrido una transpersonificación, es que la primera está mejor capacitada para sobrevivir en aquel vacío cognitivo desintegrante, mientras que la segunda llena ese vacío con material de propaganda patológica.

Luego que una estructura patocrática ha sido formada, la población se ve de hecho dividida de acuerdo con líneas de pensamiento completamente diferentes para alguien que se crió fuera del ámbito de este fenómeno autocrático -basado en un pseudo ideología fanática- pueda llegar a imaginar, tan difícil de entender para las personas que se criaron lejos del alcance de estas condiciones que por lo general manifiestan una inocencia pueril al respecto, o de una manera cuyas aspectos también son imposibles de entender.

La patocracia corrompe al organismo social completo, desperdiciando sus habilidades y su fuerza. Los patócratas típicos asumen todas las funciones administrativas de una estructura de gobierno destruida al interior de la nación. Tal estado de cosas solo sobrevive a corto plazo, ya que no lo puede vivificar ninguna ideología. Llega un momento en el que las grandes masas humanas desean seguir un curso normal y el sistema ya no logra resistir más.

La patocracia se asemeja menos a un sistema socioeconómico que a una estructura social y a un sistema político. Mientras se continúe utilizando métodos de comprensión de este fenómeno patológico que intenten servirse de doctrinas políticas para definirlo, incluso aunque estas doctrinas le sean heterogéneas, no habrá manera de identificar las causas ni las propiedades de esta enfermedad social del pensamiento crítico o elaborado.

Bajo las condiciones creadas por reglas patocráticas impuestas, el sustrato instintivo es un factor instrumental para una resistencia al acoso. De un modo similar, las motivaciones ambientales, económicas e ideológicas que influenciaron la formación de la personalidad de un individuo, incluyendo aquellas actitudes políticas que fueron asumidas antes, desaparecen dentro del enfoque y disminuyen a lo largo de los años del gobierno patocrático. Las decisiones y los modos de selección sobre la conducta a seguir, cuyo origen se encuentra en la sociedad normal, son finalmente decididas por factores a menudo heredados por medios biológicos, y por lo tanto no son el producto de la opción de la persona, porque constituyen principalmente procesos subconscientes.

La inteligencia general del ser humano, y en especial su nivel intelectual, ocupa un rol limitado en este proceso de selección de un camino de acción, como se expresa por correlaciones estadísticamente significantes pero bajas. Cuando más elevado sea el nivel de talento de una persona, más difícil le es reconciliarse con esta realidad diferente y encontrar un modo de vida dentro de ella. El perder a los mejores talentos representa una posible catástrofe para cualquier sistema social. El factor instrumental decisivo es una buena inteligencia básica, la cual se distribuye ampliamente en todos los grupos sociales.

Las psicopatías se basan mayormente en deficiencias en el sustrato instintivo; no obstante, la influencia que éstas ejercen sobre el desarrollo mental también conduce a deficiencias en la inteligencia en general.

En un mundo de psicópatas, aquellas personas que no son psicópatas genéticos, son inducidas a comportarse como psicópatas para sobrevivir. Cuando las reglas son ideadas para hacer una sociedad adaptable a la psicopatía, eso convierte a todos en sociópatas.

Sociedades enteras sufren psicosis por el hecho de no alimentar los impulsos orgánico-biológicos de su gente. La represión sexual sustentada por el poder de la iglesia y el estado se ha integrado profundamente en las masas explotadas, lo cual provoca ansiedad sexual y complejo de culpa.

Esto crea sometimiento a la autoridad estatal y servilismo a la explotación económica del capital, que paraliza la capacidad crítica e intelectual de las masas oprimidas ya que consume gran parte de su energía biológica, y paraliza el desarrollo integral de las fuerzas creativas tanto como de los objetivos y aspiraciones de la libertad humana. De esta forma el prevaleciente sistema económico en el cual muy pocos individuos pueden gobernar fácilmente sobre las masas se integra en la psiquis de los mismos oprimidos.

En un nivel colectivo, la supresión de una función natural, sea biológica, emocional o espiritual, se reproduce en una reacción enfermiza de miedo sinfín que se refleja en las masas humanas a través del inconsciente colectivo y actúa como una epidemia que hace que cedan la soberanía nacional a cualquier persona, en función de una dictadura social, económica, política y espiritual, dando paso a la tiranía psíquica del deseo de ser dirigidos y gobernados.

La alta densidad de población, una forma indirecta de competición por recursos, también está asociada con una conducta pro-social reducida y con el aumento de una conducta anti-social. Más aún, como consecuencia de una sociedad que se adapta a la psicopatía, muchos individuos que no son genéticamente psicópatas se han adaptado de un modo similar, convirtiéndose así en psicópatas efectivos o caracterópatas, quienes progresarán en términos normales de desarrollo cognitivo y que adquieren una teoría mental pura y exclusivamente formulada en términos instrumentales que les permite actuar por beneficios a corto plazo.

Dado que cambios en la frecuencia de genes en la población no podrían mantener el ritmo de los parámetros cambiantes esperados para las interacciones sociales, resultará en una proporción fluctuante adicional de sociopatía, porque las circunstancias que la rodean hacen que una estrategia de vida antisocial sea más rentable que una pro-social.



La teoría política clásica sostiene el principio por el cual todos los hechos de este mundo están fatalmente sujetos a ciclos vitales de ascenso y declive con degeneración; algo válido de manera evidente para las formas de gobierno y los regímenes políticos.

De ello deriva el precepto que todas las cosas en todo tiempo, tienen su correspondiente en los tiempos antiguos.

Cuando un gobierno dura mucho tiempo se descompone poco a poco y sin notarlo. Hay dos maneras por las cuales las diversas formas de régimen político se corrompen y cambian; por motivos externos, o por causas internas.

Cada una de las constituciones de gobierno tiene una cierta patología que la sigue naturalmente; la monarquía lleva al despotismo; la aristocracia degenera en oligarquía; y la democracia provoca represión y opresión.

De manera que cada una encuentra su expresión natural en un orden de sucesión que los vincula en el ciclo completo de las formas políticas, producto de la conexión de las composiciones vitales de cada régimen.

Así, las formas políticas cambian y se transforman, hasta regresar a su estado inicial, siguiendo la ley natural que gobierna el ciclo y fija el orden de sucesión de sus fases: cuando la monarquía de derecho divino ha evolucionado por el poder originario natural del más fuerte, se corrompe para transformase en tiranía; que a su vez es sustituida por la aristocracia, el gobierno de las élites sociales, que liberaron el estado del tirano; a su vez corrompiéndose en plutocracia, el gobierno de unos pocos ricos que adquieren poder político, ávidos y acaparadores proclives al nepotismo; contra lo cual el sector del pueblo organizado instituye la democracia, en su forma de gobierno mediante leyes, pero entonces ésta degenera en oclocracia, el gobierno brutal de la muchedumbre, el de la plebe representada, que al final reencuentra un amo y monarca.

Tal ritmo de sucesión de las formas de gobierno es más o menos rápido. La monarquía real parece ser la que más dura, pero la tiranía que conlleva suele ser abolida con bastante prontitud. La transformación de la aristocracia en oligarquía generalmente se hace con un paso generacional de padres a hijos.
La democracia explícitamente tiende a degenerar en las manos de los nietos de los fundadores. Resiste por tanto dos generaciones, o sea cerca de cincuenta años.

Respecto del paso a la oclocracia, el papel de las masas, el pueblo en el sentido de multitud, pone de relieve el papel corruptor de los acaudalados que la manipulan.

El último cambio hacia lo peor es atribuido al pueblo, que por un lado sufre los daños de la injusticia de algunos operadores a sueldo, y de otro es engañado y seducido por los recursos propagandísticos de poderes emergentes. Cuando el cambio se completa, el nuevo régimen asumirá el mejor de los nombres, hablará de libertad y de democracia, pero en la realidad habrá asumido la forma de una kakistocracia, el gobierno de los peores, un estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama aprovechadores, desde oportunistas y matones electoreros, hasta bandas criminales y camarillas de politiqueros sin escrúpulos. Es decir, el maleficio de malos políticos con malas prácticas políticas que buscan a toda costa perpetuarse en el poder.

No obstante, una tipología exhaustiva de las formas de gobierno no puede limitarse a enlistar las seis formas canónicas o simples, sino que debe extenderse hasta cubrir una séptima forma, resultado de la reunión o combinación de las tres formas mejores en un sistema político unitario: esta séptima forma, denominada ´gobierno mixto´, se convirtió en uno de los temas recurrentes para aplicación de la teoría política en Occidente.

En consonancia con la tradición, que una democracia no corrupta jamás ha existido, lo que si puede existir en realidad no es una democracia, sino una combinación y un arreglo de los aspectos positivos, o de las características menos negativas, de dos regímenes, democracia y oligarquía, de suyo corruptos.

Las formas de combinación entre la democracia y la oligarquía son llamadas de politeíai o repúblicas, cuando se inclinan hacia la democracia, mientras que se les dice aristocracias cuando se inclinan hacia la oligarquía.

Con lo cual, de la manera más coherente, y clasificando en vía de principios toda forma de mixtura como especie en sí misma, puede caerse en cuenta que las formas de gobierno no resultan siete sino muchas más. La variedad de mezclas clásicas puede dar una idea de esto; y una elemental aplicación combinatoria proporciona el esquema completo de las posibles mixturas a partir de las seis formas simples.

Obviamente, muchas combinaciones recabadas de tal manera aparecen a primera vista imposibles o ridículas. Sin embargo, algunos de los casos aparentemente disparatados podrían resultar después certeros tras una reflexión que tome en cuenta la gran variedad registrada en la experiencia histórica.

Incluso la tendencia oclocrática plebeya, la oligárquica plutocrática y la tiranía dictatorial, pueden converger hasta formar una alianza potente y temporalmente victoriosa.